2018

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Despierto con la desagradable sensación de que el sol se filtra por la ventana, por la cortina, por la persiana. No importa. Si importa que me pega directo en los ojos, y mis pestañas son incapaces de filtrar su fulgor radiactivo amarillo-blanco brillo matutino. Es de mañana. Esa puta hora enceguecedora. Nunca se que hora es, busco a tientas el reloj en el velador, pero todo ha desaparecido. Todo.

Volviendo atrás, esa hora varía según estación del año, y según huso horario, pero supongamos que, es a las 10 AM.

Yeah,
You’ve got pains,
Like an addict,
I’m leavin’ you.

Es el 2018. Y frente al espejo del baño, atosigado del olor a cigarro que abunda en mi cara, en mis manos y mis bigotes, me arrojo agua a la cara, y arden los ojos, inyectados en sangre y mirándome, surge la sensación que me cuesta mucho ser yo.

Como volver atrás. como darle un giro nuevo a esto, a estas decepciones, a esas rabias propias y ajenas de verse reflejado, o ambientado o simulado en un texto, de que tu historia se haga patente por medio de un trazo y una letra quizás algo infantil, en un rato libre, de ocio. 

Como llegamos a conocernos, si no nos hablábamos, y tampoco nos habíamos visto, y solo compartíamos el hábito de escribir, de odiar, y de amar. Así. No se hacerlo de otra forma. 

Siento que yo mismo llego a abusar de mi, pero sobretodo de mis silencios, de las cosas que en realidad no me atrevería hacer, y no por falta de valentía, es una cosa que va más allá, y tiene que ver con el miedo a causarle daño a alguien, que simplemente, no lo merece. Es decir, cuantas veces me pasó a mi eso.

Viene a mi este pensamiento que tuve cuando tenía como diez años. Bien, la edad no estoy seguro, pero estaba en quinto básico. Se jugaba el mundial de futbol en Estados unidos, y tengo la noción de que los jugadores extremaban su rendimiento al jugar en estadios en plano verano de Orange County, CA o quizás Pasadena, También en CA. 

Además habían incendios forestales.

Un compañerito del cual nunca volví a tener noticias, Hugo se llamaba, me dice que el fin del mundo será así. Temperaturas de 40°C por la mañana, papeles quemándose en los patios de las casas con escritos que nadie leyó, incendios forestales que arrasan las ciudades, personas que mueren de calor por estar fumando un cigarro…

– Y cuando será el fin del mundo, Hugo? – Inquirí.

– El 2018 – Me dice, dándole un sorbo a su kapo rojo.

– Eugenio Frambuesa – digo, por sociabilizar

– Ah?! – Responde. Por suerte, le llaman del otro lado de la cancha del colegio a jugar a la pelota. Ya me estaban subiendo los colores a la cara, de haber dicho algo estúpido.

Eso. 

De pronto quisiera saber si lo que ese chico decía era verdad, porque de lo contrario, de lo contrario… ahh.. en fin, si al final igual haría lo mismo, y pincharía un disco y otro, y compartiría la soledad de las tardes mirando el vacío repentino, y me sentiría consolado por el follaje de aquellos árboles que finalmente parecieran hablarme, y quizás pincharía algo más o quizás a mi mismo, y al final, otro año más y todos sabemos que novedades, por más que se propongan, al final, el mundo nunca cambia tanto. Que se quemaran todos los árboles del vecindario, de la región, de la zona. Que el calor derrita los arcos de los estadios, y el cielo naranjo, en su visión apocalíptica, el humo seco, el eterno día, o la eterna noche, y la picazón de la garganta, la tos, el ahogo. Fuego. La casa se quema. Con ello, todas las páginas amarillentas escritas, porque cada hecho que se ha escrito durante estos 34 años, queda fijo en un lugar en mi memoria, o quizás en mi misma carne. También. Que quisiera? y quizás es tarde para hacer un manifiesto… y si lo hiciera, tampoco se con claridad que es lo que quiero. Sí, decidí que este año le voy a perder el miedo a las cosas. Miedo al terror de ser, miedo al enfrentarme a mi, a ellos, a todos, al fuego, a la luz. Miedo a entregarme, a la vida y a amar, y a morir. A los procesos en sí. Se va el miedo a arder.

What about the night,
Makes you change, yeah,
Oh, from sweet,
To deranged?

Y súbitamente, vuelvo a mi reflejo en el espejo. Es el 2018. Mis ojos se ven igual. Cansados, diría. El café oscuro de la pupila se funde un instante con la oscuridad misma del iris.  El brillo de la ampolleta incandescente me molesta. Tengo la barba mojada. Aún todo huele a cigarro.

Hundo mi cara en la toalla, siento su olor a humedad de otro cuerpos, y pienso, que sí, que me cuesta mucho ser yo.

 

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Vaivén

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Recorrí tu cuerpo como las calles, vaciadas de ríos, por las aceras, por los rincones, por los desvíos y también, por los desvaríos. No se como llegué a tener el valor de, pero hay cosas que solo se hacen, y ahí estaba yo, a punto de repetir, a centímetros de tu boca, a milímetros de la gloria, a un punto de la devastación.

Con la vehemencia del retorno, las piezas calzan,  como en un antiguo mecanismo, que quizás en su tiempo fueron en sí, y por si mismos, como un lenguaje indescifrable, de símbolos, de líneas, de tactos, y de miradas cómplices.

Aparece en mí, el dolor.

Una mueca, un gesto suave. Te frenas. Eres como el viento. Un hilo de tensión en el ambiente, se corta con un tacto, tu peso sobre mí, y ya estás dentro. El libro, de pronto sigue escribiéndose, y nos entrelazamos, como una canción que no tiene final, que las notas van mezclándose, en cada acorde, cada silencio, cada quejido, cada gemido, cada contacto de tus dedos sobre mi cuello que reposa lánguido, y se siente el sudor, el roce, el dolor, el placer, el mareo, tu inacabable vaivén, y definitivamente, la lluvia, y luego las calles, se vuelven a llenar, y recorremos juntos lo que nos queda de día, un café, una canción, el cobijo, enredar nuestras piernas bajo la colcha de lana, afuera arrecia un clima del más puro invierno, nos encanta el frío, y nos quedamos mirando así, de frente pupila a pupila, como siempre, nada ha cambiado.

Play

 

Como me gustaría volver a sentir nuevamente. Identificar nuestra fuente de odiosidad,
interpretar tus silencios. Saber que pasa y a qué hora, saber también si es normal que hable todo el día con perfectos desconocidos, y no contigo, que eres mi pareja, y tienes la mitad de mi corazón, y te ganaste el derecho de ser alguien en mi vida.

No sé. Ármate una playlist y caminemos. Quizás se me vaya el mal genio.

¿Como era nuestra vida al principio? Ya casi no me acuerdo, es que todo aconteció tan rápido, me dejé enamorar muy fácil, creo que quizás es cierto eso que se comenta de que no hay nada más fácil que enamorar a alguien que se haya caído. Bueno, eso. Al menos no había tantos silencios. O quizás sí, pero los compartíamos bajo la lluvia, abrazados, o manejando a la costa, sonriendo,mirándonos.

En qué momento nos empezó a importar más cualquier otra cosa, que nosotros mismos?

Bueno, quizás tiene la culpa ese enamoramiento inicial. ¿Cuanto dicen que dura, dos años, un año y medio? No sé, pero calzó perfecto en el marco de tiempo que llevamos juntos, y que quisiera con todo acotar y abrazar, porque esto, lo nuestro, me interesa, me importa, aún tus ojitos me siguen conmocionando casi con la misma intensidad de un comienzo, pero no sé… algo ha cambiado.

Incluso el grupo de whastapp de tus compañeros de básica, parece haberse vuelto más importante.

A ver, partamos por una cosa. No hay un suceso puntual que yo pueda identificar que sea parte de que el barco que en algún momento fue nuestro escudo, nuestra bandera, haya comenzado de a poco a hacer agua, pero hoy, me (nos) encuentro (amos) en un punto muerto, donde no encuentro planes a tu lado, donde no existen sueños que quiera vivir a tu lado, y lo máspreocupante, es que no apareces en mi mente cuando pienso en la palabra futuro.

Eso, no significa otra cosa exactamente, que soy capaz prescindir de ti, absolutamente. Y eso me preocupa.

¿Será que el futuro es algo tan incierto? Quizás ni siquiera yo tenga una imagen real acerca de lo que implica mi propio futuro… solo sé que no tengo contemplado otra cosa que no sea ser yo mismo, aunque ello conlleve perder amistades y vínculos superficiales… Me esforzaré como nunca antes en vivir el hoy, y ser feliz, algo que durante mucho tiempo, por “x” motivo, se me ha negado.

Cuando te conocí, casi no fumaba, y hoy no puedo evitar fumar, sobretodo de noche.

Al final, creo que todo se reduce a que tú y yo, o nosotros, pero mejor como lo escribí al inicio, por separado, hemos vuelto a ser como somos realmente, porque ambos ya sentimos nuestro amor seguro, confiado, determinado, y quizás, en un sitio de confort, donde aparentemente nada puede tumbarnos, porque imagina, el tiempo que llevamos.
Pero no es así.

Tú, metido en tu mundo. El 80% de las veces me hablas de trabajo. Yo, por otra parte, siento que no me escuchas, y en eso, creo que el que me preguntes con novedad, sobre cosas que ya en algún momento te dije, me hace perder la pacencia, y creer que no vale la pena contarte que diablos me pasa o hago, porque simplemente, para ti, carece de importancia.

Tal vez, we don’t deserve love. No. Al menos, no de esta forma, el estatus quo siempre nos llevará a cometer errores, porque en el fondo, ambos coincidimos en algo: el miedo al aburrimiento. Yo, a sufrirlo; tú, a causarlo. No quiero tampoco que te canses de mis vaivenes, de mi desorden, de mi inestabilidad anímica, de mis intereses que no entiendes… solo quisiera verte sonreír, y si eso para ti, sucede jugando celular acostado en las tardes de verano, tirado en la cama, en pelotas, revisar whatsapp, Facebook, instagram, y estar ahí, y dejar el mundo acontecer, está bien. Estará siempre
bien. No puedo meterme. Pero si vislumbras un dejo, aunque sea ínfimo, microscópico, milmétrico de que tú y yo podemos reencantarnos y volver a ser un nosotros, y ello vale la pena, volveré a estar ahí, volveré a sonreir, pero por favor, házmelo saber. Que hoy, siento que ya no me quieres.

 


Muy dedicado. 

Certeza

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Hoy, a un año exactamente desde que tomé la determinación de venirme de vuelta al país que me vio nacer, puedo decir con certeza, que la principal y casi única diferencia entre Chile y Brasil es, que allá nunca te van a hacer sentir solo.


Bye, Bye, Brasil (Chico Buarque, 1980)

Oi, coração
Não dá pra falar muito não
Espera passar o avião
Assim que o inverno passar
Eu acho que vou te buscar
Aqui tá fazendo calor
Deu pane no ventilador
Já tem fliperama em Macau
Tomei a costeira em Belém do Pará
Puseram uma usina no mar
Talvez fique ruim pra pescar
Meu amor

No Tocantins
o chefe dos Parintintins
vidrou na minha calça Lee
Eu vi uns patins prá você
Eu vi um Brasil na tevê
Capaz de cair um toró
Estou me sentindo tão só
Oh! tenha dó de mim
Pintou uma chance legal
um lance lá na capital
Nem tem que ter ginasial
Meu amor

No Tabaris
o som é que nem os Bee Gees
Dancei com uma dona infeliz
que tem um tufão nos quadris
Tem um japonês atrás de mim
Eu vou dar um pulo em Manaus
Aqui tá quarenta e dois graus
O sol nunca mais vai se pôr
Eu tenho saudades da nossa canção
Saudades de roça e sertão
Bom mesmo é ter um caminhão
Meu amor
Baby bye, bye
Abraços na mãe e no pai
Eu acho que vou desligar
As fichas já vão terminar
Eu vou me mandar de trenó
pra Rua do Sol, Maceió
Peguei uma doença em Ilhéus
Mas já estou quase bom
Em março vou pro Ceará
Com a bênção do meu Orixá
Eu acho bauxita por lá
Meu amor

Bye,bye Brasil
A última ficha caiu
Eu penso em vocês night ‘n day
Explica que tá tudo OK
Eu só ando dentro da Lei
eu quero voltar podes crer
eu vi um Brasil na TV
Peguei uma doença em Belém
Agora já tá tudo bem
Mas a ligação está no fim
Tem um japonês atrás de mim
Aquela aquarela mudou
Na estrada peguei uma cor
Capaz de cair um toró
estou me sentindo um jiló
Eu tenho tesão é no mar
Assim que o inverno passar
Bateu uma saudade de ti
Estou a fim de encarar um siri
Com a bênção do Nosso Senhor
O sol nunca mais vai se pôr

Never let me down

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Nada de esto me extraña. Pero como decirlo, como anunciarlo… ¿Me defrauda? ¿Está así, bien dicho?… 

 

I

A veces quisiera ser un automóvil. Avanzar, silente, de noche, sin un maldito conductor, por carreteras perdidas de mapas indescifrables en algún rincón del desierto (norte)americano.

Avanzaría, luces apagadas, una roca en el acelerador, en plena madrugada, sin preguntarme nada. La radio AM sonando, una tonada tan antigua, que generación tras generación, su melodía desgranada se haya deformado, y ya no es la canción que en la época del blues todos quisieran acariciar, sino al contrario, es una cacofonía estruendosa de vidrios y violines descuartizados, atropellándose, mutilándose…

“Y si mi corazón se rompe… estarás ahí para arreglarlo?”. Las temáticas de 1957, siguen intactas sesenta años después.

 

II

Llegamos a la explanada. Hay una roca, difícil de describirla, porque es una roca con forma de animal, pero no sabría decir ni describir qué animal. En la roca,  una persona, con una lupa en la mano, recibe un haz de luz desde el fondo, y desde arriba. Es un tipo, robusto, de un metro y setenta, que calza un polerón oscuro, unos jeans sucios, rotos a la altura del zapato y al ser alumbrado por las luces altas, se encandila, y cubriendo su cara parcialmente con su mano, me lanza una mirada de odio y profundo escozor. En su otra mano, un trozo de carbón, tan oscuro, como la misma noche, abre la boca, que parecen fauces, y exhala, pero no emite sonido, o quizás al contrario, el sonido que emite es tan bestial, tan inhumano, que escapa a toda percepción auditiva por una cuestión de longitudes de onda, y sin duda, así debe ser, porque abre la boca, y tiemblan los vidrios, y el metal que compone mi carrocería, cada molécula de ese metal, vibra y se sacude frente al gemido inaudible del hombre allá, en la roca, que bufa, incansablemente, y recibe en su mano, derecha, un haz de luz directo de las nubes, algo así como un relámpago, y sus ojos se iluminan, junta ambas manos, roca-carbón y vidrio, generando un rayo de color azulado, que con el paso de los segundos, se va volviendo rojo y anaranjado, al igual que sus manos, y ciego de aquella energía, lanza un último aullido silente, con una mueca de inmenso dolor, contrayéndose hacia sí, doblándose en dos, para caer de rodillas y de pronto, un remezón que hizo bajar de golpe los seguros interiores de las puertas, trizar las lunetas de los vidrios traseros, y silencia el ronronear del motor, para pasar reversa, preso del miedo afónico, y luego, quedar ciego con el destello, tomo marcha atrás, vislumbro nuevamente la roca, pero esta vez no hay roca, no hay hombre, solo una mancha humeante de oscura sangre en el piso, donde antes hubo una roca y un hombre.

 

III

Despierto con el sabor de sangre en la boca. Trago, amargo, salado, el sabor metálico de la sangre me hace enmudecer. Me toco el labio, con cuidado, porque duele, y es un dolor sordo, poco explicable, muy poco localizable. Habré colisionado? De pronto, recuerdo el fulgor de sus ojos iracundos, con los ojos hechos unos pequeños surcos, enterrados en sus cuencas, y recibir el primer golpe, y sentir un pito en el oído, y esa maldita sensación de tener algodón metido en las orejas, y luego vino el otro impacto, que me encogió aún más, Odio amarte así, y otro golpe, que me hace retorcer de dolor, y desencajar la mandíbula, y trago por primera vez la sangre, su sabor metálico, debe ser el hierro, y me muerdo involuntariamente la lengua, antes de fijarme en el brillo metálico, del objeto extraído desde su puerta, y el impacto en las carnes blandas, en el sillón mullido, la sangre saliendo lenta, uniforme, no a borbotones, como lo creí, sino que como una cascada que lentamente se desliza abdomen abajo, cerro abajo, pendiente abajo, rumbo al río, el desquite de no sentir, la napa saliendo impávida del asiento, el metal construido haciéndose añicos contra la roca, y de nuevo el pitido en los oídos, y el silencio. El infinito silencio.

Ruido de pasos que se alejan.

En mi mente, un lugar, en la carretera, en el desierto. Se apilan unas casas, que parecen metálicas, que parecen containers, que parecen cajas de leche botadas. Ahí debiera ir, no?

 

 IV

Una mancha en el pavimento. Sí, eso es lo que eres. Una diminuta y oleosa mancha en el pavimento, que hace resbalar. Veo sombras en la noche, me acuerdan a cuando era niño y veía un mar de sombras pasar bajo el parrón del patio, murmurándose, consumiéndose, abordándose, mezclándose como si de siluetas de humo en celo se tratara. Veo sombras entrar y salir de aquella vieja romana de carretera abandonada, invadida y alienada por la maleza y los cardos que crecen en la primavera, con sus ventanas quebradas, y los soquetes de sus luces colgando impávidos del techo, sin ampolleta alguna, sin luz que emitir o contar, muertos de miedo de haber sido olvidados en el camino, de no volver a oír el sonido de los neumáticos contra el pavimento, miedosos, de saberse aislados dentro de un recuerdo, angustiados, quizás, de no oír de nuevo las bocinas de los camiones, con mucha pena quizás, de haber sido borrados de esta parte del mapa, como se borran también aquellas almas que entraban a aquella bencinera a oscuras, que se me aparece en sueños, otrora motel de parejas en el camino, después lujosa vulcanización olvidada, la señora que amasa el pan se pone en las tardecitas ahí, para quedar hoy confinado a un lugar donde la máxima expresión de vida es, una pila de neumáticos inutilizables, olvidados bajo un sauce.

Too real is this feeling of make-believe
too real when i feel what my heart can’t conceal…

En algún lugar, sigue la vieja radio AM emitiendo su música retorcida y podrida, para algún auditor invisible, que tenga la voluntad de recibir sus ondas.

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“Quiero chocar, y partirme en mil pedazos”

“Quiero ser un auto y chocar, y partirme en mil pedazos”

“Quiero ser como tú, para no extrañarte como te extraño”.

 

Rotación

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Quiero pacificar a los espíritus que me rondan en casa
Un ritual poderoso para eliminar las deudas que contraje con el karma
Que todo lo relativo a septiembre quede acá: en septiembre
Sin absorber el pesimismo primaveral

Sé que la bruja ha muerto y su ancestral protección, con ella
Caminando a pies descalzos sobre el lago que pareciera mar
Evidencias y miedos de vidas pasadas, ansiedad y paranoia
Fobias irracionales, que no tienen origen en eventos de la vida actual

Se enciende el almizcle, se esparce la sal, se quema la ortiga
Se sumerge nuevamente el cuerpo en el agua, abriendo los ojos
Se salda lo que se debe cumpliendo las metas de aprendizajes
Se aprende y se obtiene lo esencial de la luz de los maestros

Yo soy del invierno y siempre me costó estar sin menos
Y cuando sopla un tenue viento, la roca en mí se quiebra, la madera resuena
Me acurruco a tu lado, y espero a que pasen las horas
No puedo pasar los atardeceres de la primavera, sin esta necesidad de cubrirme.

Los silencios

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A lo largo del camino el destino me regaló tu presencia,
Irrepetible, como la lluvia sobre un lago en un tibio día de verano.
Irrepetible, como la memoria del margen de las nubes que ya no veremos,
Irrepetible, porque con solo estar a tu lado, me sentía dichoso.

Tus ojos, tienen algo que también resulta irrepetible,
Será que su color filtra la luz del sol y se torna dulce, como la canela
Será que tienen algo animal y a la vez de niño,
Será que tienen ese no sé qué, del cine, en cámara lenta…

Me quedo con cada gesto que hicieras, en mi retina.
Me quedo con el calor de tu abrazo infinito, para mis días más tristes.
Me quedo con las palabras pronunciadas, los pasos juntos caminados,
Pero por sobre todo, con cada silencio compartido que nos unía.

 

Juana

Te vuelvo a entregar mis entrañas y también mi corazón. Volvemos a paso lento, desde el campo en lo profundo, en mi nariz, de siete años, el fuerte aroma de la leche de vaca recién obtenida. Las uñas con barro, la neblina, y tú.

 

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Te admiraba. Siempre lo hice. Te miraba, impenetrable, con una sonrisa opaca, una frente curtida, pero con la caricia a flor de piel. Eso, te hacía diferente. Al menos, en mi mundo de niño huraño, y descariñado. 

El pelo mojado. Correr de vuelta a la quinta, y no encontrarte en la cocina, sino en tu sitial de eterna brujería, el cuartito, donde te entregabas a rituales paganos, donde con los ojos blancos, las brujerías, el sonido eléctrico, y la luz como daga dañando la retina, bailabas en la oscuridad de tu mente.

Eras, la bruja guitarra en mano que, me consoló cuantas veces caí. Derrumbado, hocico en el barro, las lágrimas saliendo a golpes de los ojos, el colchón de hojas podridas, los secretos de aquella leñera, lo oscuro, lo visto, la sangre, los males.

Las horas, que acumulan minutos, que son la suma de todos los dolores, y mi cuerpo que se va tornando macho al son de los tambores, que siempre, siempre, se oyeron en el bosque. “Que la sangre brote y fluya de nuestras heridas para sanarnos de esta maldita locura aunque sea un poco”, gritaba desnudo, en el temporal, frente al árbol rojo. Usté, miraba la escena sorbiendo un mate amargo desde la celosía.

Yo te admiraba tanto. Eras una autoridad, que en una época nunca tuve, y cuantas veces busqué refugio en tu campo, crucé gritando como si esos siete años fueran eternos, desde el pesado portón de madera mojada bajo la interminable lluvia araucana. 

Siempre, la advertencia del bosque. Que ahí habitan los espíritus, que cada árbol es un alma, que esas percusiones traviesas, imaginarias o no, pueden surcar a fuego mis neuronas. La voz firme del rayo de sol, los coros que quisiera aprenderme, las cosas que vi, y las que viví en silencio, también en el bosque, probablemente sangrando, y también muerto de asco, pena y vergüenza.

Yo que creí, que eras inmortal, nunca cumplí a cabalidad la promesa hecha de volver a tomar mi lugar en tus tierras. Yo en cambio, me intenté morir varias veces. Tu decías, no te vas a ir a juntar con tu abuelo tan joven, cauro tonto. Fuiste la primera cara que vi con claridad, una vez que abrí los ojos, habiéndole torcido el brazo a la que camina lento. En ese instante, perpetuo, pensé que ya no habitábamos nuestros cuerpos. 

Y así mismo, el lento andar por el bosque, sin rastros, sin persecuciones, solo introspección y los tímpanos sangrantes, lo inalterable del agua quieta formando esa poza eterna entre los robles y encinos, vislumbre tu silueta descalza caminando sobre la línea de agua, hundiéndote en ella, vestida de tu pijama blanco, tu piel vuelta papel transparente, pero era imposible, porque seguías en la ventana de la cocina.

Eras después de todo, el alma de un ave errante que lleva en su vuelo la gloria de la sencillez, pero tu presencia es tan grande que eras para mi la dueña de toda la entrada de la patagonia, no es posible que evoque la palabra “Temuco” sin pensar en tus ojos morenos, en tu piel de avellana tostada, en los surcos de tu cara, en tu pelo ayer cano.

El torso desnudo y la lluvia copiosa en cada centímetro de mi cuerpo, bajando por las piernas, sintiendo cada fibra encogerse como lana al agua fría, el olor de los matorrales, el árbol rojo incansable, como telón de fondo, me hace sentir culpable, y tú, allá callada en el fondo ya no estás, con el asco tibio, y el amor profundo, quizás eras ese alguien que vi caminar abriendo el portón, esta vez con la sonrisa borrada, para nunca más volver.

Tejedora incansable, mujer omnipresente, en el campo, en el sur, donde la geografía es impenetrable y activa, donde los volcanes tarjan en la médula del humano el temple y el carácter. Entre lo oculto y lo femenino, entre el bosque y la casa, sumergida hoy en el llanto de la Araucanía que te despide, de la misma forma que te vio crecer, con lluvia, con humo, con árboles que son almas, y yo, queriendo saber en que árbol te reencarnarás, Juana. 

Caminé tus últimos pasos, aún desnudo, aún descalzo, quizás ya me escuches… estás ahí? y ya puedo rendirme, y cae mi cuerpo, se doblan mis piernas y me rodea el viento, penetrándome el vientre, porque hoy volví a tenerle miedo a la muerte, o rabia más que miedo, porque sé que solo puedo esperar, irme, rendirme, maldita muerte, que le pierde el miedo a tu ritual, el respeto al peso de tu nombre, ahora sí que puedo rendirme, aunque tengo miedo de que venga el momento, y me descuartice entero, aunque sea un nuevo día para poder entregar mis entrañas y mi corazón a la tierra, como una manera de expiar la pesada culpa, a paso lento, desde el campo en lo profundo, el barro en mis manos, la neblina inacabable, y tu herencia en mí.

En la vida se intenta siempre lo imposible después de lo inevitable.

 

14 de septiembre

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Eran mañanas frías aún. Y las tardes también lo eran. Sin embargo esa tarde había sol. Iba a ser primavera ya en algunos días, y había llovido bastante. Además no era tan conveniente salir a la calle, con toda la cantidad de peligros rondantes por esos días. Pero Andrés sabía que hoy nada podría impedir lo que tenía que hacer. El anillo lo había comprado ayer en la mañana con los ahorros del taller. Eran varios meses de ahorro, más algunas monedas que había extraído de la casa. Sabía que eso era algo incorrecto, cualquier moneda debía guardarse y atesorarse para comprar comida, pero esto lo era todo. Se iba a casar con Susana. Comprarían una casa grande, con ventanales gigantes, en Las Cruces, con vista al mar. Pero era un trámite que a decir verdad, le costaba asumir, y eran palabras que por el solo hecho de pensarlas se ponía rojo, le tiritaba la barbilla, y la voz. Pero el calor del sol en los cabellos caoba de su amada, lo animaban a hablar…

– ¿Sabes algo, Susana?

– No.

Ellos llevaban un tiempo andando. Eran pololos, o novios, pero eran tímidos aún. Solo adivinaban la forma de sus respectivos cuerpos y se soñaban el uno al otro en el momento del sueño. Se conocían de toda una vida. Siempre había sido una relación de tiras y aflojas. Cuando chicos, sus papás eran muy amigos, y se juntaban todos los martes y ellos podían jugar. Claro que en ese entonces Andrés y Susana se odiaban. Ella le tiraba el pelo si él no quería jugar a las cartas, y Andrés le daba un empujón que la enviaba al suelo. Pero tenían un juramento: nunca acusar. Pasara lo que pasara. Un tiempo después se dejaron de ver, hasta encontrarse en el verano pasado en Cartagena. Estuvieron en camping, y Andrés descubrió que bajo la blusa de Susana, en el lugar donde antes solía empujarla para botarla al piso, había ahora dos senos pequeños, redondos, perfectos para la belleza de la muchacha. Andrés ya no tenía aquella voz odiosa de hace años, ni esa barriga que tanto lo avergonzaba. Llevaban algún tiempo así, desde aquel beso memorable que ambos recordaban a escondidas de sus padres o de cualquier otra persona, a no ser de algunos amigos de Andrés, algunos pocos de Susana y Victoria, que de cierto modo las hizo de celestina.

–  ¿No sabes algo, Susana?

– Te dije que no… – Dijo la muchacha sonrojándose. Ella sabía que era. De hecho ayer mismo lo había hablado con Victoria y Matilde, una amiga del liceo.

– Mira. Abre esta cajita –

– ¡Oh!… pero esto está hermoso, Andrés.-

– Póntelo – dijo queriendo ocultar la sonrisa que le brotaba por los poros.

– Me queda muy bien. A la perfección.-

– ¿No me vas a dar las gracias?

– ¡Lo lamento!… muchas gracias Andrés, de veras es muy lindo este anillo.

– De nada –

Sin duda, esperaba algo más de efusividad. Lo congela la frialdad de Susana a veces. A lo mejor no es el anillo más caro, o por lo menos no es como el de su madre, ese que compraron en Europa y vale una enormidad. Pero bueno, los ahorros no dan para más…

–  Andrés… –

– ¿Si? –

– ¿No hay nada más que vayas a decirme?-

 ¡Le encanta ponerlo en aprietos! Ricardo lo decía ayer, hablando de cómo son las mujeres, que son intrusas, fisgonas. Un momento. ¡Victoria! Por un momento se le vino a la cabeza la idea de que ella pudiese haberle contado sobre su deseo de casarse. ¡Si esta le ha dicho que le iba a pedir que nos casáramos le voy a sacar un ojo! ¿Cómo puede traicionarme? Se supone que soy su hermano, y es más importante que su amiga. A ver tanteemos terreno…

– No sé… ¿sientes que deba decirte algo en particular? –

– No… pero… no sé.-

-¿Qué no sabes?-

– O sea… no sé Andrés. Lo del anillo. ¿Por qué?

– ¿Qué? ¿no te gustó? – Ya estaba sintiendo en las orejas algo de frustración, y estas enrojecían.

– Si, si, es muy bello, o sino no me lo hubiera puesto. Andrés, esto es parte de lo del taller, tu dinero… tu lo querías para otra cosa

– Amor, no me digas eso. Es para ti. Con todo mi amor. –

– Pero no puedo recibirlo…

– ¿Por qué?

– Pero si tú sabes, Andrés. Mi papa se opone a esto.

– ¿Pero por qué?… Me conoce de toda la vida, ¿O no?

– Si, pero…

-¿¿¿Pero qué???

– No se puede no más…

-Susana, al él no debiera importarle. Esto es algo de los dos.

-Pero…

– Pero nada. Algún día nos vamos a casar – decía Andrés con cara de importancia – Nos vamos a casar y eso. Nadie va a poder intervenir. Uno se casa para hacer otra familia, Susi.

– Ese es el problema. Eso no podría ocurrir.

– ¿Por qué?

– Mi papá dice que tú no representas los ideales de la familia.

– ¿Qué?

– Es más, quiere que me case en tres meses más con Juan Francisco.

La situación se vuelve complicada. Por qué está pasando esto, piensa él. Se complica todo. Con la ayuda de su mano derecha, Susana se está sacando el anillo y lo envuelve en el mismo papel del inicio. ¡Me importa un bledo tu papá! ¿Qué tiene que ver el idiota de Juan Francisco en esto? El pobre gil no sabe donde está parado. Por puro que los papás tienen plata. No puedes hacerme esto, Susana. Eeee. Pero. Creo que voy a llorar. Así que tu papá no me quiere para ti. En tu familia ni cerca de ti… Y nuevamente Susana, o sus palabras lo sacan de su instrospección.

– Lo lamento, Andrés. Pero no podemos.

– Amor… esto no puede pasar…

-No me digas amor. No es lo correcto.

– Ok

-…

– Vámonos. Vámonos a vivir lejos de santiago, los dos solos, eso, eeeso si, en Las Cruces, en la casa de las ventanas con vista al mar, frente a las rocas, imagínalo, tendremos hijos rubiecitos, como tu hermanita, pero más lindos… ¿ya?…Susana… ¡Susi!… dime que no es cierto… – Decía el joven entre llanto, mocos, sorbetones y sollozos.

– Lo siento. Toma el anillo. Es verdad lo que dice mi papá. No lo voy a desoír.

– ¿Por qué?

– Porque estás loco. No me puedo casar contigo. Eres rojo. Rojísimo.

– ¿Qué? Susana… ¡No! De veras, no… yo no tengo nada que ver con eso, no… soy apolítico, no sé, ateo, todas esas cosas, sí, pero nada que ver con eso…

– Mira, también esta semana los del comando iban a entrar a tu casa. Andan buscando a tu papá, por lo de la universidad.

– Mentira. Como sabes eso.

– Mi papá. Trabaja con los militares.

– ¿Qué?

– Además, Andrés, se hace tarde. Hay que entrarse temprano. Debo irme a casa y empacar mis cosas.

– ¿Por qué?

– Nos vamos de Santiago. Nos mudamos a vivir al campo, a la parcela de mi tío en El Yali.

– …

 

Eso era todo. La muchacha se puso el pullover que llevaba en el bolso, le dio un beso en la mejilla y caminó algunos pasos por la grava de la plaza. De pronto titubeó, pareció que se iba a devolver, pero solo se quedó parada. Miró a Andrés que parecía más pequeño que nunca en aquella banca de la plaza, observándola sin parar de llorar, musitando palabras de angustia que se las llevaba el aire. Susana dio media vuelta y largó a correr para evitar ver al ser que amaba destrozado por dentro. Como ella. Pero más.

La brujería

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Claridad,

La ventana y los árboles que corren a cien kilómetros por hora,

Las combinaciones de colores que se gestan en la pampa

Iluminada por los rayos de sol colándose entre las nubes de siempre

 

Inmensidad,

Júrame que te acuerdas del primer roce de nuestras bocas

Que para ti sí significó algo más que ser otro más

La explanada sureña abierta como mi pecho ante tus flechas            

 

Casualidad,

Limpiar tu boca y verme nuevamente frente a frente

Con la mirada perdida en el universo de tus ojos montañosos

Si acaso para ti significó algo, devuélveme esta intensidad de mirada

 

Normalidad,

Nuestros cuerpos, sus roces, sus tibiezas,  sus calores y sus aromas

Nuestras conversaciones en la pieza, los vidrios empañados

Si acaso no extrañas fumar un cigarro para calentar las manos al lado de la ventana

 

Fidelidad,

Cambiar la identidad de aquellos te amo enfrente del mar de gente

No poder sonreír frente a otra sonrisa que no fuese la tuya

Aguantarme en silencio no restregarte todo frente a la cara, para que no quedaras mal

 

Fatalidad,

La lluvia copiosa cae como un baile sobre los techos sonoros

Me pierdo en la tetera que vaporiza todo el cuarto y vuelves a aparecer

Por esta vez decido ignorarte

 

Vanidad,

Caigo de rodillas al barro, golpeo con los puños la tierra y se hunden

Cuantos maleficios, cuantos espíritus, y tu allá, y la isla

Ebrio de todo, ebrio de recuerdos, quisiera morir

 

Majestuosidad

La pampa se abre a mis ojos, y solo queda esta pena y quizás un recuerdo

No guardo tampoco memorias de septiembres muy buenos

La verdad es que pecho abierto a la lluvia tampoco duele nada, no.